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De ansiedad e incertidumbre en tiempos de pandemia.

El ser humano es un animal que ha desarrollado el intelecto como su principal herramienta evolutiva de adaptación al medio, un medio que es agresivo y limitante por definición (procreación, alimentación, deposición). El intelecto humano ha tenido un largo procesos de desarrollo y perfeccionamiento a través de los siglos, aún antes de la historia escrita, el cerebro ha sufrido diversos procesos adaptativos y diferenciado funcionalidades que lo han hecho altamente eficiente en términos de diseñar estrategias, algoritmos, reglas de convivencia y por supuesto tecnología en el amplísimo sentido de la palabra.

Pero el ser humano conserva hoy rasgos mentales que son mas cercanos a los primates y a otros mamíferos que a los seres ultrasociales de nuestros días, el cerebro tiene a obedecer a las necesidades primarias de superviviencia a una velocidad mayor a la que el pensamiento racional es capaz de reaccionar, por lo que ante un peligró inminente, el cerebro primitivo reacciona para salvarnos de un atropello en vía publica por ejemplo,, la adrenalina inunda el sistema y la reacción es tan veloz que se experimenta una sensación de “cámara lenta” y difícilmente hay espacio para medir racionalmente el peligro o sus consecuencias.

La pandemia que enfrentamos en estos días presenta un tipo de peligro que no se presenta como inminente, sino que parece muy lejano de nuestro entorno inmediato, incluso el cerebro racional tiene tiempo de elaborar un complejo sistema de ideas (casi nunca propias dicho sea de paso) para justificar, su lejanía, su inefectividad en nuestras vidas, e incluso argumentar contra su mera existencia.

Es un hecho que podemos comprobar en las propias carnes de manera muy sencilla que muchos se dieron el lujo -y se lo siguen dando- de dudar de la legitimidad de la pandemia, a pesar de la información que llega constantemente de los casos de países incluso con desarrollos clínicos superiores al del nuestro, que tuvieron etapas críticas de insuficiencia hospitalaria, de insumos y personal, masivas pérdidas humanas y la exhibición constante de las debilidades de los diversos sistemas de salud pública en el mundo ante un problema de salud sin precedentes dadas las condiciones del mundo actual.

Muchas de esas personas hoy seguramente comienzan a percibir contagios cada vez más cercanos, incluso ya en su familia cercana, y tanto los que reaccionaron más temprano como los que no, han vivido en aislamiento, restringidos en sus libertades cotidianas o han tenido que enfrentar la calle para poder subsistir en un contexto donde el miedo y la ignorancia (esas dos hermanas inseparables) pululan a sus anchas. Revelando a su paso las debilidades de una sociedad mexicana que no tiene un plan de acción ni, por desgracia, una idea de nación.

Polémicas de todo tipo y poca claridad (tapabocas o no tapabocas), confusión galopante de la situación para uso político-electoral o incluso comercial, una estructura de gobierno presuntamente en manos de expertos pero sin capacidad de reacción en todos los niveles, una economía arrastrada por las decisiones inseguras y las medidas que no se aplican a todos. En resumen incertidumbre omnipresente.

Todo lo anterior sirva para pintar una situación que está lejos de estar bajo control y que, sin importar la tendencia ideológica, política o social de cada cual, produce una fuerte sensación de ansiedad.

La ansiedad es sin duda uno de esos enemigos invisibles que es difícil de aceptar cuando se sufre, pero en resumen, el cerebro humano del cual ya hablamos antes necesita tener certezas constantemente, no tiene un manejo efectivo de las áreas grires u obscuras, todo hueco cognitivo debe ser llenado en cuanto se presenta, y ese “faltante” será sustituido por cualquier cosa: ideología, mito, suposición, “lo que dijo el amigo de una amigo”, el chisme del momento o el cojín sanitizante que anuncian en la tele, la radio o las redes sociales.

La ansiedad es la respuesta psicológica a la incertidumbre, y en días tan inciertos como los que vivimos, está ahí, cerca de nosotros, deseando llenar los espacios que desconocemos y que nos pueden acercar a estados de desesperación y locura, es un arma del cerebro para mantener los cabales es tiempos donde hay que conservar la vida ante un enemigo indefinido, no es lo mismo saber el nombre y apellido de un adversario y apuntar los cañones a su patio que hacerle frente a una entidad viral, que no está viva, que no podemos ver ni definir y que no entendemos que nos supera por ahora.

El encierro , las restricciones, y el violento cambio en nuestra cotidianidad, son buenos alimentadores de la ansiedad, muchos se preguntan: ¿Qué pasará mañana con todo esto? ¿Cómo volveremos a la normalidad?, ¿Cuándo? y al no encontrar respuestas claras, buscamos en cualquier lado, en rumores y fake news, en discursos políticos, en mensajes de WhatsApp venidas de gente que asegura ser experto. Todo esto es comprensible y peligroso a partes iguales.

El ser humano ante el peligro como hemos dicho líneas arriba se conecta a su cerebro más primitivo y ese miedo nos puede llevar a tomar las decisiones más egoístas y de peores consecuencias para el grupo: acaparamiento de material sanitario, agresiones a personal de salud, destrucción de inmuebles clínicos o esparcir falsas expectativas en nuestras familias que si bien dan alivio a la ansiedad, nos impiden escapar de la ignorancia y tomar posesión de una postura crítica e informada que en estos momentos, más que nunca estamos llamados a asumir y defender.

El Filósofo.

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